La leyenda
Comencemos por la leyenda. La he visto escrita en estas láminas a color que venden con la historia de los apellidos. Se puede encontrar en muchas páginas. Yo incluyo aquí una de ellas [2], donde se indica que está sacada de la “página de Web de Don Luis Rosales Maldonado”. Muy similar se encuentra en esta otra página [3]. No he encontrado esa página Don Luis Rosales Maldonado, ni tampoco el libro original del que está sacada.
Sin más preámbulos paso a contar esa historia:
"En la iglesia de Santa María de un lugar llamado Maderuelo se encuentra un sepulcro con la siguiente inscripción "Aquí yaze el noble caballero Hernando Maldonado" Hernán Pérez de Aldana, según unos, o Nuño Pérez de Aldana, el fundador del apellido Maldonado. Éste fue señor de esta casa y de otras muchas posesiones, y no vivió, como algunos autores afirman, en los tiempos del Rey Don Alonso el Magno, sino en el reinado de Don Fernando II de León, alcanzando también el de su sobrino Alfonso VIII. Eran los tiempos de la Cuarta Cruzada alrededor de los años 1158-1214. En los tiempos de éste último Rey sucedió este episodio que fue la razón para que cambiara Aldana por el de Maldonado, así convirtiéndose en el fundador de este linaje Maldonado del que somos parte hasta este día. Lo referiremos ajustándonos a la forma en que lo hacen las crónicas antiguas:
Don Hernán Pérez de Aldana estaba gravemente enfermo, se encomendó a nuestra señora la virgen, prometiendo visitarla si le devolvía la salud, y apenas mejoró un tanto, se puso en camino desde Galicia hacia las ásperas montañas de Cataluña. Con el cansancio y las molestias de tan largo viaje se recrudeció su dolencia, de modo que fue preciso ponerle una cama en uno de los ángulos de la iglesia para que pudiera hacer la novena que había ofrecido. Llegada la fiesta de la Natividad de la Virgen, el 8 de Septiembre, se llenó por completo el templo de fieles deseosos de presenciar las ceremonias litúrgicas.
Uno de los peregrinos, llamado Guillermo, Duque de Normandía, sobrino del Rey Felipe de Francia, no hallando otro lugar más despejado de gentes en toda la iglesia que aquél donde estaba la cama del mencionado D. Hernán o Nuño Pérez de Aldana, se permitió la libertad de ponerse de pie en ella para ver mejor las ceremonias, y agraviado D. Hernán, tanto por la molestia que le causaba el Duque como por su falta de atención, le dijo:
- Ruegoos, en cortesía, caballero, busquéis otro sitio en que mejor podáis estar, que vuestros pies me incomodan.
A lo que contestó el Duque Guillermo con altanería:
- No te incomodarían si supieses quien soy. Replicándole el enfermo:
- Tu también, si me conocieses, me hicieras más cortesía.
Pero, lejos de ceder, volvió a contestarle el Duque:
- No me des ocasión para que ponga los pies de modo que los sientas.
Estas palabras acabaron de agraviar al de Aldana, y lleno de indignación, replicó al Duque:
- Prométoos que si esta Señora, a cuya devoción vine, me escapa de lo que padezco, iré a tomar enmienda de la injuria recibida en su casa.
Pero escarneciendo el Duque la amenaza, la desechó riéndose.
Sanó el de Aldana y convocó a sus más principales parientes, manifestándoles su desafío y queja. Todos ofrecieron asistirle, arriesgando sus vidas y gastando sus haciendas, y acordaron dar cuenta al Rey Don Alonso, que se hallaba en Burgos, a donde fueron a pedir amparo. Enterada aquella Majestad ofreció su favor, enviándolo como embajador al Rey de Francia para que le asegurase que Hernán Pérez de Aldana era tan principal caballero, que podía desafiar a otro cualquiera de los de Francia, sin exceptuar ninguno por preeminente que fuese, y que bajo su amparo no permitiese se le hiciera superchería.
Puesto todo por obra, fue recibido Hernán y sus parientes con benigno agrado del Rey Felipe, y reunidos los Grandes de Francia se refirió el suceso. El Duque Guillermo pidió perdón; mas Hernán propuso se postrase en castigo de su ignorancia y consintiera le pusiese los pies encima; el Duque no consintió, y Hernán suplicó al Rey terminase su querella por desafío, señalando armas y día y asegurando el campo, pues era extranjero y estaba en su reino; el Rey guardó justicia.
Llegó el día señalado, y ambos caballeros concurrieron en sus caballos a la brida, con arneses blancos, lanzas de armas, porras, espadas y dagas, usando por timbre Hernán Pérez de Aldana el lema Ave María, y llevando en su escudo las armas de Aldana, que eran dos lobos de púrpura en campo dorado. Puestos así en la estacada, se arremetieron rompiendo lanzas, por lo que usaron las porras, dándose recios golpes, de los que salió herido en la cabeza el Duque, que cayó al suelo.
Saltó entonces Hernán de su caballo, a desenlazarle el yelmo para cortarle la cabeza, a cuyo tiempo el Rey arrojó el cetro, y los fieles del campo se interpusieron para estorbarlo, de lo que dio Hernán quejas a su Majestad, que le dijo bastaba lo hecho; que si el Duque moría quedaba vengado y si escapaba se obligaba como Rey a darle satisfacción a su agrado. Mejorado el duque pidió Hernán el cumplimiento de lo prometido, y se le dijo pidiese lo que quería; y juntos los altos hombres de la Corte y ratificado el Rey en su ofrecimiento por tres veces, dijo Hernán:
- Señor; te pido que como traes tres flores de lis por armas, me otorgues que yo pueda traer cinco.
Disgustóle al Rey Felipe la pretensión, y ofrecióle en cambio riquezas y otras mercedes, pero el de Aldana contestó que no había ido a Francia a por riquezas, sino por su honor, y que de no cumplir el Rey su promesa, se volvería quejoso, no ya del Duque, sino del mismo Monarca. El Rey entonces le contestó:
- Yo te las doy, si bien maldonadas; es decir, contra mi voluntad.
Desde entonces Hernán Pérez de Aldana cambió su último apellido por el de Maldonado, tomándolo de la frase del Rey Felipe, maldonadas, y comenzó a lucir por armas las flores de lis. Sus descendientes directos conservaron el apellido Maldonado; pero los parientes laterales continuaron apellidándose Aldana y usando el escudo del linaje Aldana.”
Una vez leída hay que reconocer que esta historia es digna de admiración. Un apellido que posee un escudo de armas ganado en una suerte de duelo medieval, y arrebatado nada más y nada menos que al Rey de Francia. Ahora queda desentrañar si este relato tiene algo de veraz o si por el contrario no es más que un relato literario escrito por alguien con ánimo de ensalzar a alguna familia con este apellido.
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